Thursday, October 27, 2005

El gran salto. Madrid-Delhi.



“Why do people move? What makes them uproot and leave everything they’ve known for a great unknown beyond the horizon? Why climb this Mount Everest of formalities that makes you feel like a beggar? Why enter this jungle of foreignness where everything is new, strange and difficult?”
Life of Pi, Yann Martel.


Volando sobe un mar de nubes todo parece más tranquilo, más tranquilo que ayer, por la noche, en Madrid. Una llamada a una hora intempestiva de una amiga despidiéndose, sin saber, si yo iba a volver algún día. Una borrachera divertida para decir un hasta luego. Un sueño repetido: mi llegada al aeropuerto de Delhi. Debajo de esas nubes, la Península Arábiga. Vamos dirección este, perdiendo horas que ya recuperaré en otro momento. Cada vez más ansiosa, con más ganas.

Al llegar, espera en el aeropuerto a mi primera compañera de viaje: Iria, una antigua amiga con la que viví y estudié unos años en Barcelona. Nada, por supuesto, tan horrible como me había imaginado en mis sueños. Pahar Ganj la calle de Delhi donde tienes que estar si eres una persona con un objeto denominado mochila colgando de tu espalda y una guía llamada Lonely Planet en la mano. Gente durmiendo en la calle, basura, vacas, rickshaws, señores que te persiguen y perros por doquier: Bienvenida a India.

Polución, cielo plomizo, no se ve el sol ni la luna ni las estrellas. Delhi es la ciudad de los cláxones, parece que pitar es el deporte nacional, eso, y escupir, deporte en el que los indios han alcanzado una maestría envidiable: se escupe más lejos, más consistentemente y más sonoramente que en España. Vamos que se escupe mejor. Delhi no son colores ni olores Delhi es cielo color gris y ruido sin cesar.

Habitación. Mi primera habitación india era….india. Decrépita, con la pintura de las paredes desconchándose, con rastros de humedad en las sábanas y sin ventanas. 120 rupias, una doble. La maravillosa guest house de Delhi se llamaba Evergreen Guest House, nombre, como el aspecto de la habitación que se repetiría muchas veces a lo largo de mis siguientes cinco meses indios. Debí hacer caso al dependiente indio del aeropuerto de Heathrow que me advirtió de que hiciera lo que hiciera no me alojara en el Pahar Ganj de Delhi. Meses después he recapacitado y he pensado que quizás, de algún modo, él ya sabía de antemano lo que iba a suceder tan solo unos días después de mi llegada a Delhi.

Y lo que ocurrió el día 29 de Octubre de 2005 es que 6 bombas explotaron en diversos puntos de la capital india, 1 de ellas en el Pahar Ganj, corazón humilde de la ciudad bulliciosa. Bomba en una vespa, en la esquina entre las mujeres que pintan con henna y la parada de los autorickshaws. Los más humildes entre los humildes. La CNN proclama a la media hora que son atentados terroristas de Al Quaeda para “asesinar occidentales” y una se pregunta ALLÍ cómo podemos ser AQUÍ tan prepotentes y egocéntricos. Un día más en India, un día más en el mundo. Soy afortunada. 38 personas indias no pueden pensar lo mismo.

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